27/08/2021

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Un día en la sala de terapia intensiva de un hospital cubano

Fuente: 14ymedio

 

Un médico y dos pacientes cuentan su experiencia con el covid

 

La escuela de medicina de Cojímar fue habilitada como centro de aislamiento para enfermos de covid. (14ymedio)

La escuela de medicina de Cojímar, en La Habana, fue habilitada como centro de aislamiento para enfermos de covid. (14ymedio)

La sala de terapia intensiva del hospital Freyre Andrade, en La Habana, conocido por todos como Emergencia, ha estado a plena capacidad cada día de esta semana atendiendo a los pacientes con síntomas más graves de covid. «Este jueves hubo cuatro casos críticos, dos inestables, dos fallecidos en la mañana y luego dos nuevos ingresos», comenta a 14ymedio una de las enfermeras que apoya en el traslado de los pacientes a la «zona roja».

Una vez que los contagiados entran al centro, todo el cuidado corre a cargo del personal sanitario porque no hay visitas de familiares ni se permiten acompañantes. «El parte sobre el estado de salud lo damos a la familia por teléfono», precisa la fuente.

«Es mucha la carga que tenemos arriba, trabajamos 24 horas seguidas y descansamos dos días aquí mismo en una sala que han habilitado», cuenta uno de los médicos que brinda servicios en esa instalación.

«Es mucha la carga que tenemos arriba, trabajamos 24 horas seguidas y descansamos dos días aquí mismo en una sala que han habilitado»

 

«Obviamente las condiciones no son las mejores, por un problema de infraestructura, pero debo señalar que al menos esta vez los medios de protección están, para mi asombro. Desde la mascarilla quirúrgica, la azulita en sala, hasta la N95 en terapia. También hay sobrebata y escafandra, el overol blanco», explica.

Según detalla, las horas de trabajo «varían entre hospitales y la cantidad de médicos», aunque «la gran mayoría está 24 por 48 horas» porque «el personal es insuficiente».

«Ahora mismo tenemos a mano las medicinas que necesitamos, los hospitales de covid tienen prioridad, incluso por encima de los institutos especializados. Si te soy sincero está mucho mejor de lo que esperaba. Algo muy importante, aquí la comida es similar a la de los hospitales normales, tal vez un tin mejor, pero dicen los que llevan tiempo aquí que la comida ha bajado en calidad y cantidad, eso siempre ha sido un problema en el área de salud», señala el profesional que lleva ya algunos días en ese lugar.

Según cuenta otro de los profesionales que trabaja en la zona roja del mismo hospital, este miércoles finalmente llegaron los refuerzos. «Desde el jueves pasado estamos esperando relevo para tener un descanso. Pasó todo el fin de semana, el lunes, el martes y finalmente el miércoles llegó el relevo».

Vista del hospital Emergencia donde comienza la zona roja. (14ymedio)

Vista del hospital Emergencia donde comienza la zona roja. (14ymedio)

 

Miguel Arcenio es uno de esos cubanos a los que le ha tocado recibir la mala noticia de «ser positivo» al covid. Tiene 34 años y es trabajador por cuenta propia. «Se siente uno como un leproso, no puedes ver más a la familia, ni estar en tu casa, es horrible esa sensación de sentirse como un apestado», asegura.

Lo primero que tuvo Arcenio fue mucho catarro: «me sentía un poco mal, no soy de salir mucho, en ese momento solamente tuve contacto con mis hijos y mi exesposa pero ellos ya lo habían cogido un mes atrás». Cuenta que fue diagnosticado como paciente de covid a raíz de la pesquisa que hacen en su barrio.

«Como tenía síntomas respiratorios pasaron por aquí el lunes de la semana pasada preguntando si me sentía mal o tenía fiebre pero les dije que no, yo me sentía bien. El martes salí, por suerte con dos nasobucos, fui a ver a mis hijos. Cuando regresé a la casa me estaban esperando para hacerme el test rápido, el antígeno, y me dio positivo», explica.

Lo primero que pasó después de recibir esa noticia fue que lo mandaron para el policlínico. «De ahí me hicieron el traslado para ingresarme, me demoré bastante porque habían muchos positivos ese día, después de horas esperando nos vino a recoger una guagua. Supuestamente nos iban a mandar para emergencia pero no había capacidad y me llevaron a un lugar del barrio de Casablanca (Regla); ahí nos tomaron la temperatura, ya tenía fiebre, aunque yo seguía sintiéndome bien», asegura.

«Ahí las condiciones no están malas, es un local bastante amplio, arriba los hombres, abajo las mujeres, al otro día cuando nos levantamos tempranito nos hicieron el PCR y nos pusieron el primer interferón. Ese día la pasamos bien, el baño estaba bastante limpio, éramos dos personas por cubículo», recuerda con alivio.

Según su testimonio, después del primer interferón todo cambió para él y los que lo rodeaban. «A mí por lo menos no me dio una tan mala reacción, me dio dolor de cabeza, dolor en la parte de atrás de la espalda y en las piernas, aunque con la duralgina se me aliviaba rápido», precisó.

Un día después del ingreso les dieron a todos el resultado del PCR que, en su caso, fue positivo y por la noche los trasladaron de nuevo. «A mí me llevaron para la escuela de medicina que está en Cojimar, por detrás de la Villa Panamericana. Cuando llegamos nos encontramos como tres guaguas más de casos positivos». Cuando hacen el ingreso clasifican aparte a los que tienen más de dos o tres enfermedades y los llevan a hospitales.

Arcenio cuenta que los médicos pasaron a verlo enseguida y resalta que «había buena atención y la comida estaba exquisita» al igual que el desayuno que siempre le daban «pan, frutas y yogur». Recuerda también que su habitación siempre estaba limpia y que eran cuatro pacientes por cubículos, aunque precisa que en algunos, que eran solo de mujeres, habían como cinco o seis.

«A las seis de la mañana en punto ya me tocaba el otro interferón. El dolor de cabeza no se me quitaba, el dolor en los pies era fijo y en la espalda. El interferón era un día sí y un día no, me pusieron cuatro en total, el último fue el domingo, un día antes del alta», una jornada que recuerda agónica pero feliz.

Imágenes del centro de aislamiento de la escuela de medicina que está en Cojímar, por detrás de la Villa Panamericana. (Collage)

Imágenes del centro de aislamiento de la escuela de medicina que está en Cojímar, por detrás de la Villa Panamericana. (Collage)

 

«Nos hicieron un PCR a las cuatro de la mañana del lunes y el martes nos dieron el resultado ya negativo y nos dieron el alta. Tres días después todavía tengo catarro, me siento un poco decaído y sigue el dolor de cabeza. El día que peor me sentí fue el día del último interferón aunque bueno, nada del otro mundo tampoco, debo decir que a mí no me dio tan fuerte, había mucha gente que les dio mal, con vómitos, diarrea, mucha fiebre, temblores», recuerda.

Una de las cosas que Arcenio lamenta fue que aunque él dio como contacto a sus padres, a ellos nunca fue nadie a hacerle el PCR. «Ni al quinto día, ni al sexto, nunca fueron, tampoco se lo hicieron a la niña mía», puntualizó. «Creo que están descuidando un poco eso, a estas alturas todavía no han venido, entregué el papel del alta en el consultorio y todavía no han venido a preguntarme nada. Mi mamá está bien pero igual, cuando el niño mío dio positivo, no sentía nada y tenía hasta neumonía», relata.

Se hace llamar Celia para proteger su verdadera identidad. Tiene 31 años y es médico. Ella tuvo otra experiencia distinta a la de Arcenio, le tocó pasar todo el proceso junto a su hijo de 10 años, que también se contagió.

«Yo estaba trabajando y tenía síntomas respiratorios pero me descuidé porque mi niña chiquita va a una casa particular donde la cuidan y ahí ella había cogido gripe y pensé que no era más que un catarrito de esos que agarra con mucha frecuencia», dice.

En el hospital donde trabaja la joven comenzaron a hacer PCR al azar y a ella le tocó el día 15 de febrero, pero el resultado no se lo dieron hasta el 21. «Me llamó mi médico de familia para decirme que había dado positivo, ahí mismo le hicieron el test rápido a todo el mundo en mi casa y es cuando sale también mi hijo mayor como positivo, nos recogieron enseguida y nos llevaron a mí y al niño para el Hospital Naval, donde estuvimos ingresados nueve días», dijo.

Celia no tiene queja de la atención médica que recibió, dice que «fue muy buena» aunque señala que la higiene y la comida estaban «regular». «Limpian todos los días pero no limpian muy bien. Por suerte al niño le daban jugo, flan, doble proteína, carne de cerdo, carne de res, pero ya te digo, la elaboración no es buena».

«Cuando me empezaron a poner el medicamento fue horrible, todo cambió, el día entero en cama con dolores, con fiebre, ganas de vomitar, un dolor de cabeza muy intenso, el dolor era en todo el cuerpo»

 

En su caso, la experiencia con el interferón no fue la mejor. Cuando llegó al hospital no tenía síntomas, no le dolía nada, su niño tampoco tenía ningún síntoma.

«Cuando me empezaron a poner el medicamento fue horrible, todo cambió, el día entero en cama con dolores, con fiebre, ganas de vomitar, un dolor de cabeza muy intenso, el dolor era en todo el cuerpo. Incluso después de que nos dieron el alta, que nos tuvieron aislados en la casa 10 días, en ese tiempo estuve bien convaleciente, muy cansada, con dolor de cabeza, en el cuerpo, hice una neuropatía periférica, poco a poco, tomando vitaminas y descansando me he podido recuperar, me quedé con insomnio, cansada, con dolores de cabeza y la espalda», lamenta.

Para su sorpresa en su trabajo no le pagaron el salario según lo establecido. «El salario de 5.560 que yo gano me lo desmocharon y solo me pagaron 1.700 pesos, y esto que yo había trabajado hasta el 21 de enero, no me pagaron ninguno de los días que estuve enferma, ni el 50 ni el 60%, nada», se queja la joven médico, que volverá a sus labores la próxima semana.