20/07/2021

Patria y Vida

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Los cien días de Miguel Díaz-Canel

Tras alentar la salida de la isla hacia Estados Unidos en cualquier tipo de embarcación imaginable para aplacar los disturbios del verano caliente de 1994 que desembocaron en el llamado “Maleconazo” de La Habana, Fidel Castro ordenó de inmediato mejorar en lo posible la vida de los residentes del barrio de Cayo Hueso, en pleno Centro Habana, que habían engrosado por centenares las filas de las protestas populares, inéditas hasta entonces, contra su poder absoluto.

La tarea fue asignada — bajo la supervisión del secretario ejecutivo del Consejo de Ministros, Carlos Lage–, al General de División Rogelio Acevedo, que presidía el Instituto Cubano de Aeronáutica Civil y podía disponer en consecuencia, con alguna libertad, de las recaudaciones de Cubana de Aviación. Confiando a un militar de experiencia logística se garantizaba el más rápido cumplimiento de la compleja misión de reconstruir inmuebles destartalados, llevar agua a cañerías desahuciadas, reparar calles olvidadas, repartir algunos alimentos en escuelas, evitar apagones, y sobre todo pintar y repintar las viejas fachadas de un vecindario “conflictivo”. Mejor aún, si Cubana de Aviación, con una contabilidad indolente, pagaba los gastos, la “reserva del Comandante” no sufría pérdidas y podía emprender nuevos proyectos revolucionarios. Una operación de apaciguamiento bajo el ojo avizor de la policía política, en el mejor estilo de cómo se administraba la finca de los hermanos Castro.

Las imágenes del pasado domingo 11, con cientos de cubanos protestando de nuevo frente al Hotel Deauville en pleno malecón, dejan un falso sabor de deja vu a los iniciados en la realidad cubana. Porque casi tres décadas después de aquel Maleconazo, el estado ruinoso de Cayo Hueso es el común de la capital; Cubana de Aviación, con más deudas y catástrofes que ingresos, es también una ruina; Rogelio Acevedo no ostenta sus dos estrellas de general y se gana la vida como emprendedor autorizado, ofreciendo alojamiento de lujo a través de Aribnb; Carlos Lage evita ser reconocido en las calles de La Habana con una gorra hundida hasta las orejas y Fidel Castro… bueno, ya se sabe…

El mandatario se llama ahora Miguel Díaz-Canel, fue elegido por Raúl Castro por sus méritos como “sobreviviente” en la carrera por la sucesión, y los acontecimientos en curso van confirmado la impresión generalizada de que es el peor error de su herencia.

Las apuestas sobre el futuro del régimen están abiertas. La propuesta de continuidad de los nuevos gobernantes tras la salida en bloque de la “generación histórica” era desde su inicio imposible de aceptar para el común de los cubanos. Al agobio de la vida cotidiana el torpe equipo de reemplazo sumó rápidamente una cadena de errores en nombre del reordenamiento tardío de la economía, el caos monetario y la evidencia de que la cúpula militar reclama para sí, ávidamente, todos los dólares posibles.

La pandemia — también manejada en términos políticos al punto de rechazar vacunas extranjeras–, y el aplazamiento indefinido por la Administración Biden del siempre esperado arreglo con Estados Unidos completaron la tormenta perfecta.

La magnitud del estallido a menos de cien días de la solemne instalación de Miguel Díaz-Canel en la silla de los Castro, sorprendió al régimen y al mundo y la opción ante este atolladero ha sido la violencia y la represión en lugar de la falsa paz social, habitual en una isla donde nunca pasaba nada.

Pero Miguel Díaz-Canel, el sobreviviente, no tiene necesariamente los días contados pese a un estallido sin precedentes en las últimas seis décadas.

En un país gobernado de hecho por una junta militar – con o sin uniforme, mayoría en el Buró Político del partido único— es difícil imaginar un golpe de estado que sustituya al pusilánime presidente, como algunos vaticinan.

No es casual que dos días antes de abandonar formalmente la escena política Raúl Castro diera su última vuelta de tuerca entregando el mando de las fuerzas armadas al General de Cuerpo de Ejército Álvaro López Miera, el más fiel y fanático entre los de mayor rango, que enviaría, sin remordimiento, los tanques a la calle.

Todo para que la caja chica de la República siga a buen resguardo en manos de Luis Alberto Rodríguez-Callejas, general además de pariente, que no parece dispuesto a invertir en planes de apaciguamiento.

Pese a las veladas amenazas de éxodo masivo adelantadas ya por la cancillería cubana, tampoco sería sensato esperar una intervención de Estados Unidos, un país en completa retirada de Afganistán pese al avance del Talibán y con Haití primero en la fila si de invasiones a países vecinos se trata. Y no es cuestión de demócratas o republicanos: hasta Donald Trump dejó sobre la mesa “todas las opciones” conque amenazó a la Venezuela de Nicolás Maduro durante años.

Díaz-Canel y su junta han escogido, sumando lecciones recientes de Bielorrusia, Siria, Corea del Norte, Venezuela o Nicaragua, el camino de mantener el poder a cualquier costo. Temeroso de sus propias palabras culpó como de costumbre a Washington del estallido popular, intentó desacreditar a los manifestantes, llamó a la violencia en las calles “solo de los revolucionarios” y desató una feroz ola represiva, reclamando una insolente legitimidad para un gobernante por el que nadie ha votado.

En el peor de los casos, Washington aplazará por algún tiempo cualquier tímida apertura para la que ya se preparaba, Joseph Borrell reprochará en público a La Habana algunos excesos y los cubanos, hastiados hasta el cansancio, seguirán enfrentados, tras sacudirse el miedo que sostiene el poder, a una dictadura encabezada por un sobreviviente, que definitivamente perdió la mascarilla.

[Artículo publicado por el medio digital chileno X-Ante y publicado en nuestra web con autorización expresa del autor]

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